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miércoles, 10 de diciembre de 2014

El Dreamcast cumple años y a nadie le importa: la historia de mi vida como gamer


Cuando anunciaron el Nintendo 64 yo tenía 10 años, ninguna consola y un hermano mayor con un Super Nintendo y muy pocas ganas de compartirlo. Ese hermoso Super Nintendo, con todos esos pixeles, hasta el momento la mejor consola de la historia, tan cerca y a la vez tan lejos de mis manos inexpertas. Pero no todo era malo, por lo general me dejaba ver como jugaba y ese era el mejor momento de la tarde. Ni siquiera podía ser Luigi, pero no importaba. El foquito del Super estaba prendido y yo estaba ahí, mientras Mario rescataba princesas y tipos musculosos peleando en japonés. El control estaba lejos, pero no importaba.

Pictured: not me.
 Wikipedia
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Venía heredando pantalones viejos y poleras de Bugs Bunny, era cuestión de tiempo para que el Super sea mío. Pero no era suficiente. Necesitaba el Nintendo 64. Necesitaba algo mío por fin. Me pasaba mirando las fotos de las versiones Beta en las revistas Club Nintendo: Mario en tres dimensiones, La Princesa Zelda y sus polígonos sexys, Link y todos sus ángulos tocando la ocarina (¿what the fuck es una ocarina?). Así se pasó el 96. Mi hermano se estaba haciendo grande, ya no le interesaba un Nintendo nuevo. Esa Navidad estaba solo, nadie me iba a ayudar. Escribí una carta de 3 páginas con anverso y reverso, mi estúpida estrategia consistió en describir a detalle las novedades tecnológicas de la consola, en lugar de prometer mejores notas y comer ensalada o lavarme los dientes o cosas que a Papa Noel le hubiesen interesado más que un procesador de 64 bits.
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Still not me.
Wikipedia
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No me acuerdo que recibí de regalo, pero no fue el Nintendo. Eso ocasionó, para bien o para mal, que deje de seguir para siempre la evolución de las consolas en primera persona y que me quede anclado en el pasado de 16bits por la eternidad. Mientras mis amigos jugaban Rouge Squadron y pasaban tardes divirtiéndose con Super Smash Brothers o Pókemon Stadium, yo hacía dibujos obscenos en el Mario Paint o jugaba de nuevo Super Mario World sin poder acabarlo. El Nintendo 64 era como esa chica linda que me tenía perdidamente enamorado a pesar de que apenas la conocía, que hablaba con todos mis amigos menos conmigo y que me parecía lo más hermoso que jamás había visto, aunque si veo una foto de ella ahora claramente ni siquiera era tan linda y tenía ese Superman 64 en la cara que no podías dejar de ver. A pesar de todo, el Super me amaba en silencio, me acompañaba todas las tardes sabiendo que soñaba con otra. Eventualmente lo superé. El año pasado conseguí un Nintendo 64 usado a un precio decente, y pude por fin jugar Ocarina of Time como la gente (una ocarina es una flauta hípster, por si acaso). Si lo quieren saber, fue un poco decepcionante. ¿Tenía las expectativas muy altas? ¿O es el Super el amor de mi vida para siempre o algo así?  
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El amor.
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Ah, bueno, el Dreamcast. En noviembre del 98, SEGA lanzó en Japón su último intento antes del fracaso total y la vergüenza mundial. Creo que lo jugué una vez en la casa de algún amigo que no tenía idea de videojuegos pero su papá tenía mucha plata y terminaba con un Jaguar o un 3DO o un Dreamcast o todos juntos y un montón de Tortugas Ninjas y cómo odiaba a ese niño. No me acuerdo mucho, creo que era una basura. Yo seguía enamorado del N64. En algún momento confuso de mi vida creo que tuve un Play Station 1 prestado, que fue como una aventura con una chica un poco más sexy pero tampoco tanto, y a pesar de todo el Super me seguía queriendo. ¡Todavía me quiere! Estamos enamorados y vamos a tener un Game Boy el mes que viene.

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